Frases de Mario Benedetti


Mario Benedetti es un escritor uruguayo que ha marcado a varias generaciones a través de sus letras.

Mario Benedetti nació en Paso de los Toros -Uruguay el 14 de septiembre de 1920, su familia se trasladó a Montevideo cuando tenía cuatro años. 

A los 18 años se trasladó a Buenos Aires, donde residió varios años.  En 1945, de regreso en Montevideo, formó parte del semanario Marcha, donde se formó como periodista junto a Carlos Quijano, hasta 1974. Ese mismo año publicó su primer libro de poemas, La víspera indeleble.

En 1949 publicó su primer ensayo, Peripecia y novela, y un año más tarde el libro de cuentos Esta mañana. En 1950 apareció el libro de poemas Sólo mientras tanto y en 1953 su primera novela, Quién de nosotros. Pero es a partir de su libro de cuentos Montevideanos que se consagra como creador de una narrativa peculiar, de concepción fuertemente urbana.

Tras la aparición de La tregua, novela publicada en 1960 que fue llevada al teatro y al cine, Benedetti  adquirió proyección internacional. Esta novela fue traducida a diecinueve idiomas.

Te quiero como para escuchar tu risa toda la noche y dormir en tu pecho, sin sombras ni fantasmas.

Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda

En la vida hay que evitar tres figuras geométricas: los círculos viciosos, los triángulos amorosos y las mentes cuadradas.

Hay tres tipos de personas: las que se matan trabajando, las que tendrían que trabajar y las que tendrían que matarse.

No sé por qué, pero hoy me ha dado por extrañarte, por echar de menos tu presencia. Alguien me dijo que el olvido está lleno de memoria.

El perdón es un puñado de sentimientos que nos acaricia cuando el alma llora.

Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace.

El sexo es (para mí, al menos) un ingrediente menos importante, menos vital; mucho más importantes, más vitales, son nuestras conversaciones, nuestras afinidades.

Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro.

A veces pienso que haré cuando toda mi vida sea domingo.

La incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar.

Hay dentro de mí un señor que no quiere forzar los acontecimientos, pero también hay un señor que piensa obsesivamente en el apuro.

Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza lo que no sale del corazón.

Es muy posible que lo que le voy a decir le parezca una locura. Pero no quiero andar con rodeos: creo que estoy enamorado de usted.

No sé tu nombre, pero sé la mirada con que me lo dices.

La mariposa recordará por siempre que fue gusano.

Cinco minutos bastan para soñar toda una vida; así de relativo es el tiempo.

La muerte se lleva todo lo que no fue, pero nosotros nos quedamos con lo que tuvimos.

Cada vez que te enamore no expliques nada a nadie, deja que el amor te invada sin entrar en pormenores.

Nunca pensé que en la felicidad habría tanta tristeza.

De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar.

Una confesión: la soledad ha dejado de herirme.

Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y, sobre todo, con público.

Fíjese que cuando sonríe se le forman unas comillas en cada extremo de su boca. Esa, su boca, es mi cita favorita.

Sé cuantos lunares tiene en la cara, que se arregla el pelo cuando está nerviosa, que la rutina le aburre a muerte, que cruza la pierna izquierda sobre la derecha. Bueno, yo creo que eso es estar enamorado, ¿no?

Me gusta la gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad.

No vayas a creer lo que te cuentan del mundo, ya te dije que el mundo es incontable.

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